Lunes, 22 de junio de 2009 Btn_enviar Enviar a un amigo Comentario Comentar Compartir

El Sueño Argentino

Comentario 0 Comentarios
  • Votado actualmente 4 estrella(s) de 5
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
En este artículo, relato algunas de las experiencias de orden familiar, social y económico que me tocó vivir. Abordadas desde una óptica espiritual...
Concepto_9_r
Buenos Aires, 19 de diciembre de 2001. Era uno de esos días en los que se podía oler la tensión de la gente que, sobrepasada, se quejaba pidiendo el pan que calmase el hambre, esa cuota de alimento que le hiciese olvidar que transcurría un día más, mejor dicho, que recién estaba por empezar. Pero eso… no importaba: bastaba sólo con observar esas miradas tristes para darse cuenta de que recibían al Dios Sol esperando el turno de la Diosa Luna. El amanecer era la esperanza de un día que, para muchos, terminaría pronto.
 
¿Dónde está ese sentimiento
que nos alimenta de esperanza,
que nos hace apostar e ilusionarnos
con una vida digna?
 
¿Dónde está la humildad
de aceptar la vida
como nos fue otorgada?
 
¿Qué pasó con los sueños de los niños,
de los jóvenes,
de los padres,
de los abuelos…?
 
¿Dónde quedó esa intención de ayudar
a los niños que mueren de hambre,
a aquellos que se preocupan
tan sólo por pronunciar y escribir el ABCdario,
las vocales,
o simplemente su nombre…?
 
¿Dónde se fueron las palabras,
las personas que entusiasmaron a los hombres
que sólo querían amasar su propio pan,
armar su propia casa,
formar su familia,
educar a sus hijos…?
 
¿Por qué nos mintieron, diciendo
que “debíamos recuperar nuestras tierras del sur”,
cuando en realidad
sabían que sólo iban a matar
a esa generación de jóvenes ilusionados,
con una vida,
con una familia,
con un futuro...?
 
Peor aún: mucho antes se decidió cortar
aquellas hierbas rebeldes,
que se sabía
iban a ser la soja que alimentase
“nuestra tierra querida”.
Con las manos juntas y una sonrisa
nos dijeron que nos quedáramos tranquilos,
que los asesinos ya no estaban más,
 y que ahora...
Ahora ¡teníamos el voto!
El voto y la capacidad para decidir,
hasta nos dijeron ¡que nos iban a escuchar!
 
Luego llegó la burbuja de la mentira,
esa que nos decía que
de un día para el otro
estábamos a la altura de Europa
y del primer mundo…
 
Vacíos quedaron los bolsillos
y las esperanzas,
y no hubo alianza que fuese capaz
ni siquiera de juntar los papeles
que el viento revolvía.
Era como una tormenta que había acechado
a un pueblo fantasma.
 
Acá estamos,
escuchando nuevas propuestas
y esquivando gente para ir a trabajar,
para darle de comer a aquellos
que dicen defender ¿derechos?
A aquellos que exigen más y más
por no hacer nada,
por estar sentados y romper la ciudad.
¡Los matones amenazan con palos
para que los reconozcan como nobles trabajadores!
 
Perdón Dios por hablarte así,
perdón por enojarme
por quienes ¿no tienen otra posibilidad?
Esta pregunta, como tantas otras,
quedará en mi conciencia y en la de muchos,
seguramente
sin respuesta alguna.
 
A propósito…
Empecé escribiendo estas líneas,
preguntando si alguien sabía
dónde nos quedó a los argentinos
ese sentimiento que hace que
–de vez en cuando– nos olvidemos
de estas cosas que
nos hacen mal…
Ese sentimiento que hace que nos ilusionemos,
aunque sea un poquito más,
ese sentimiento que alumbra nuestro sueño,
“El Sueño Argentino”,
ese sentimiento que yo llamo
“felicidad”.
 
Buenos Aires, 20 de diciembre de 2001.
Ese día no sabía si ir a trabajar o no, no por vago, es que, al despertar, la tristeza se adueñó extrañamente de mi alma, robándome unas lágrimas a cuenta de sucesos futuros.
No recuerdo bien la hora. Sí recuerdo repentinamente que todos nos agachamos porque no sabíamos qué significaban esos tiros de bronca que retumbaron después de que las campanas metálicas de las cacerolas dijeran basta al régimen de turno.
Sentí verdaderamente mucha bronca, bronca incluso por nosotros mismos, ¿por qué reaccionar sólo cuando nos tocan el bolsillo? ¿O es que nos hemos olvidado de la gente que ha muerto de hambre? Digo… ¿Nos solidarizamos sólo ante el divino poder del oro?
Juro que en ese momento odié el instante en el cual la impotencia impidió que mis impulsos respondieran ante aquel estallido de desobediencia elitista.
Fue el instante en el que borré de mi memoria mi trabajo, mi familia, mis amigos, mis afectos, y hasta mi país. Millones de preguntas adormecieron la angustia, y poco después dieron lugar a la calma y a contradictorias reflexiones.
 
Muchas veces la vida nos pone a  prueba,
y en esos momentos nos hacemos
infinidad de preguntas,
preguntas que muchas veces llegan
al final de nuestra vida
sin respuesta alguna.
 
¿Por qué creer, entonces, en cuentos de hadas,
en nuestra propia fe,
en nuestra religión,
en las leyendas?
Mitos…
Si nada de eso es verdad.
 
¿Por qué creer en el amor, por ejemplo,
si al final
este también lastima,
te hiere en lo más profundo,
te confunde, se contradice?
 
Pero cada vez que ponemos en duda
el amor,
con sentido de culpa ante nuestro Dios, 
Él nos dice:
–Es la sal de la vida,
no desconfíes, ¡confía!
 
–¿Confiar? ¿En qué? ¿En quién?
Si de todas formas la vida se toma revancha.
Si se encarga de cobrarse algún error cometido,
algún desprecio, algún engaño, algún “no”…
¿En alguien quizás?
¿Alguien a quien ignoramos?
Tal vez…
 
Pero si después de todo la vida es justa,
la naturaleza, divina,
los humanos se respetan,
los ángeles nos guían,
recibimos el perdón,
nos arrepentimos de nuestros pecados,
nos preocupamos por mejorar como “comunidad”…
¡No veo tus motivos de infelicidad!
 
Nada de eso, la vida es cruel,
¡Crecé! ¡Madurá! ¡Creé sólo en la realidad!
Creé sólo en aquello que nos hace sufrir,
y lo que nos duele nos hace hombres, ¡carajo!
Entonces, ¿de qué vale vivir sin sufrir?
 
Muchas veces estas pruebas no tienen fin.
Porque el fin lo ponemos nosotros
luego de sufrir nos sensibilizamos
hacia el Amor divino.
Es en ese momento
en que vemos un poco de luz
cubriendo nuestra mirada, miramos el cielo,
y agradecemos a nuestro Dios, a algún Dios.
Agradecemos, nos enternecemos, crecemos...
 
Nuestras vidas continúan,
y las dudas también,
Alguna voz que se aleja nos susurra al oído,
que de eso se trata vivir.
 
Ezeiza, 9 de julio de 2002. ¿Hoy es el día de la patria? Mirá vos qué bien…, pues yo me voy igual.
Minutos más tarde, el desorden social, los afectos y las lágrimas me despedían hacia la tierra de mis orígenes, el viejo occidente, el Coliseo y una nueva aventura me transportaban hacia retomar el camino que mis antepasados habían comenzado años atrás.
La primera pregunta que pasó por mi cabeza fue: ¿Era necesario terminar así?
Tan difícil es poder encaminarse y vivir en mi país.
 
La vida enseña, y muchas veces
lo hace a los golpes.
A veces no tiene piedad alguna.
A veces se enternece.
A veces nos muestra la realidad.
A veces nos hace sufrir.
A veces nos hace alegrar.
Y hasta ponernos felices.
 
A veces no entendemos nada
de lo que la vida nos quiere decir.
Es que a veces no queremos
entender nada
de lo que la vida nos quiere decir,
muy pocas veces vemos todo con calma y tranquilidad.
 
Pero, ¿qué más tenés para mostrarnos, Vida,
que cada día nos sorprendés con algo nuevo,
algo que nadie pensaba ni esperaba?
Tan mal te interpretamos
que hasta parecemos soberbios en el hablar,
en nuestro querer y en el actuar…
 
Tan mal nos enseñaron a vivir
que matamos, condenamos,
y hasta hacemos tu trabajo,
aquel de juzgar a quien nosotros
creemos debe ser juzgado.
 
Tan mal escritos están los libros,
que ni siquiera difunden la verdad.
¿O será que en realidad no queremos
entender nada
de aquello que Vos querés decirnos y enseñarnos?
 
¿Será que es tan difícil aprender a querer y amar,
que más de una vez descreemos de Vos?
¿Será de Dios, ¡carajo!,
que sea tan difícil aprender a vivir?
 
Roma, agosto de 2002.
Afortunadamente no fue muy difícil recordar la lengua que mis antepasados me legaron incluso desde antes de nacer. A la distancia no parece tan difícil hacer las cosas bien, respetar al prójimo, el trabajo, y valorar el mango, que junto con el coraje y la soledad serían los compañeros de una coraza necesaria para afrontar vientos, tormentas, rechazos y melancolías rutinarias.
Dicen que una vez que se toca fondo, al salir somos imparables… Es verdad.
Lo primero que maduré fue el sentido de justicia, responsabilidad y solidaridad. Extrañamente, luego de dar un discurso “solidario” en favor de los hermanos afectados por los ilusionistas poderosos que habían saqueado el triangulo del Sur, una voz italiana me sugirió que leyera algo sobre el Che, si no lo hubiese hecho antes.
Impulsivamente me negué, pues si bien no sabía demasiado de él, la imagen negativa sobre sus hechos caníbales hacía que no me interesase por más violencia.
Varios libros, videos, discursos y razonamientos del primer mundo lograron convencerme de que no sólo debemos tomar la parte negativa de las personas, hay también un lado positivo y el resto, como dicen los tanos, “fuori delle palle” (no hay que tenerlo en cuenta).
 
De niño tenías esa personalidad
que sólo a vos te caracterizaba.
De niño demostraste ser una persona especial,
un ser con luz, un ser de otro planeta.
 
Nadie ponía en duda tu decisión.
Vos sí ponías en duda tu futuro,
tu destino.
Es que cada momento te jugaba una
pasada distinta, cada minuto te hacía débil,
cada segundo te hacía dudar.
 
Y pensar que de enamorarte de tu “Argentina” hubieras sido otro...
Y pensar que en cada viaje dejaste tu huella,
y pensar que en cada uno de nosotros dejás tu impronta,
y pensar que piensan que sos un asesino.
 
¿Tan ciegos están, que no ven lo bueno que hiciste?
Digo, ¿quién puso en práctica tus utopías?
Tus sueños, el hombre libre, sensible y solidario, ¿dónde están?
¿Están en cada uno de nosotros?
¿O sólo nos quedó el rebelde, el soberbio, el discutido, el audaz?
 
En honor a vos, Che;
pero si después de todo
“Che” nos llamamos todos, en Argentina,
Che hubo uno solo…
Pero no me caben dudas de que pueden venir más.
 
Ojalá haya millones de hombres con tu carisma,
con tus ideales, ¡con tus huevos!
Ojalá queden pocos Maquiavelos y asesinos.
Ojalá el hombre, finalmente, sea libre, solidario
y sensible, como vos soñaste.
En honor a vos, Che.
 
Roma, 12 de agosto de 2003.
Fueron muchos los logros obtenidos, muchas las pruebas pasadas, y demasiado el tiempo fuera de casa, según algo que se llama “destino”, y que por razones de salud familiar me conducía una vez más a un aeropuerto. Pero esta vez sí que no sabía qué sucedería.
Recuerdo que entre lágrimas y bellos recuerdos sopesaba el tiempo pasado y el camino recorrido, una vez más la impotencia contaminaba mi alma, pero esta vez sin ánimo inconformista ni actitudes rebeldes. Tenía más bien una calma reflexión, extraña por cierto, que anestesiaba el llanto de una nueva despedida, pues largo había sido el camino recorrido.
 
El hombre acunaba su propia lucha,
vestía su ropa vieja y su mochila cargada,
ese ropaje que no podía arreglar con dinero…
Se trataba de aquellas cosas
que lo habían traído hasta acá.
 
Consciente, el hombre, de que debía finalizar su recorrido,
para poder así quitarse su ropaje,
sacar ese peso que doblegaba su espalda
y finalmente sentirse libre,
libre de todo temor y perdón de su pasado.
 
Difícil se hizo el viaje. No era fácil
ser comprendido a lo largo
de ese recorrido,
algunas veces fácil, otras difícil,
ya que debió hacerlo bajo tormentas,
frío, lluvias
y calores sofocantes.
 
Cada pueblo que atravesaba le dejaba una enseñanza distinta,
pero también hubo algunos que la escatimaron.
En esos lugares oscuros halló un sabor amargo, dudas, temores.
Pero eso… Eso ya había pasado.
 
Cada vez que debía atravesar una montaña,
el desconocido disfrutaba y
hasta me atrevería a decir
que esperaba ansioso el momento de sentarse en su cima.
Le gustaba ver el paisaje, los pueblos y caminos,
todo aquello que había dejado atrás.
 
Al principio sólo se trataba de lamentar,
porque con coraje había pasado “eso”, que quedó atrás.
 
No se trata de lamentar, una voz le susurró al oído.
Se trata de vivir a pleno cada sentimiento,
cada momento,
cada dolor,
y cada alegría también.
 
Si estás triste, pues, llora.
Si estás contento, sonríe.
Si estás enojado,
¿qué esperás para relinchar
 y trotar hasta que transpires esa bronca?
Si te has sensibilizado, pues, escribe
y sella este momento como una fotografía
que no has de olvidar jamás.
 
Decidido a continuar con su viaje,
el hombre sonrió ante aquellos suspiros
que vaya a saber uno de dónde vinieron.
Y con todo su ropaje partió,
y a medida que caminaba se daba cuenta
de que poco a poco su ropaje
desaparecía,
hasta dejarlo totalmente desnudo.
 
Muy avergonzado no sabía adónde ocultarse,
y de pronto
recordó aquella voz que le dijo
que debía “sentir”.
 
El hombre sabía que ahora
estaba acunando una parte nueva
de su vida.
Una nueva historia, quizás.
 
Esta vez no se trataría de luchas, sacrificios,
mochilas cargadas y ropaje viejo… Esta vez...
Esta vez, se trataría de “sentir”.
 
Buenos Aires, 13 de agosto de 2003.
Una extraña sensación, un obstinado cansancio, y un frío tenue me dieron la bienvenida una vez más.
Mi novia, entre lágrimas y una dulce sonrisa, me miró, me tomó la mano y trató de calmar mi fija reflexión que recordaba los momentos duros vividos en el viejo continente. Sentía alegría por estar de regreso y tristeza por la etapa que terminaba, probablemente era miedo o nerviosismo por aquello que estaba por suceder…
“Fue muy positivo tu viaje”. “Acá todavía te estábamos esperando”. Entre ella y mi hermana se repartían el recibimiento para una nueva etapa. Esas fueron las últimas palabras que escuché al entrar en un conflicto existencial en el que la razón y los sentimientos eran adversarios.
 
Después de tanto luchar y luchar,
finalmente llega, finalmente nos sonríe,
finalmente nos alivia, y hasta se burla
de nosotros, nos pregunta:
¿Cuán importante es para vos
consagrarte?
 
Era el día soñado, el más esperado.
Lo curioso es que nunca imaginé sus imágenes.
Caminando iba por aquel pueblo, y de improviso
y como predicción me dije:
Y pensar que hoy
puede ser el día tan soñado, el día
de la consagración.
 
No fue fácil la lucha. Empecé soberbio
a demostrar mis habilidades, mi dedicación
y mi experiencia, ¿Por qué no?
A la mitad alguien me dijo: Pará. ¿Cuánto sabés vos?
 
Dudando respondí...
Y mirá,  llevo mucho tiempo
esperando consagrarme,
y creo, ¡hoy es el día!
No, pibe, me respondió, ¡esto no es así!
Las cosas no son como vos pensás.
¡Para consagrarte deberás pasar esta prueba o morir!
 
Al principio me apabullé,
me encontré en el límite y la muerte apareció
y me dijo al oído: Rendite, ¿para qué insistís?
En ese momento apareció mi ángel y me dijo:
Sos un hijo más y como tal vas a tener tu oportunidad
para la consagración, para el bautismo.
 
¿Qué hiciste vos para merecerlo?
Entre humilde y avergonzado le dije:
Di lo mejor de mí en cada momento,
traté de respetar a los demás y
me preparé mucho para este momento.
Veremos, replicó...
 
Horas más tarde el cansancio,
el mal humor y la bronca se adueñaron de la situación,
sin dudar empecé a preparar el pozo,
había que velar aquel momento.
 
Pero fue en ese momento que mi ángel me dijo al oído:
Si creés en los milagros empezá a festejar.
Tu momento llegó, ¡te consagraste, hijo!
Sos uno más del reino de los que luchan
por vivir, por colaborar y ser un guerrero de la vida.
¡Por fin la consagración llegó!
 
–Llegamos, mi amor, una dulce voz me despertó.
 
–Amor, veo que Dios cumplió su palabra, pues me los ha devuelto a todos intactos hasta mi regreso, tal como habíamos pactado.
Pues es así la vida, nos da alegrías, tristezas, triunfos y fracasos. Por momentos hasta se comporta como este relato, empieza contándonos una bella historia, nos endulza con lindas palabras en forma de poesía, se complica al querer explicarnos por qué cambia de forma, pero…
Pero finalmente reflexiona y nos acerca la luz que nos muestra la cantidad de bellos desafíos e historias que la vida nos otorga.
 
 
 
 

Tags de este contenido:

Comentario 0 Comentarios
  • Votado actualmente 4 estrella(s) de 5
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Para agregar comentarios, debe ser un usuario registrado.
¡Hágalo ya mismo haciendo click aquí! ¡Es GRATIS!